En menos de 100 milisegundos, rojos intensos y contrastes fríos‑cálidos pueden dirigir la mirada hacia un punto crítico. Este arranque visual no solo capta, también predispone. Si el primer acento está mal ubicado, el lector comienza su recorrido equivocado. Aprenderás a calibrar esa primera señal para que inicie la historia correcta, usando equilibrio entre intensidad, tamaño y fondo.
Una jerarquía cromática clara permite que títulos, acciones y notas de apoyo se distingan sin pelear por protagonismo. Trabajaremos con capas de valor y saturación para crear niveles de lectura coherentes. La clave está en repetir patrones perceptibles, reservar el contraste mayor para lo decisivo y usar transiciones suaves para contextos. El resultado es orden intuitivo sin subrayados excesivos ni confusiones.
Partiremos de una intención verbal corta y la traduciremos a atributos: temperatura, saturación, textura y rango de valores. Usaremos ruedas de color, escalas perceptuales y referencias fotográficas para reunir un banco de candidatos. Con criterios explícitos, filtrarás opciones por contraste funcional, compatibilidad tipográfica y versatilidad. El proceso evita decisiones impulsivas y construye un vocabulario cromático que resiste cambios de formato y contenido.
Análogas aportan cohesión, complementarias añaden energía, monocromáticas ofrecen sobriedad. La clave es asignarles roles: base, apoyo y acento. Probamos combinaciones en microcomponentes y escenas completas para detectar ruido o falta de dirección. Documentaremos reglas sencillas: cuánto contraste reservar para acciones primarias, qué matices usar en fondos extensos y cómo preservar descanso visual. Así la armonía no sofoca, y el contraste no grita gratuitamente.
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